tómate un respiro, un descanso, tómate la simple molestia
de parar el reloj, de respirar, de detener el ritmo de tu andar:
párate, párate a disfrutar de la dulzura de este momento
tal vez mañana no recuerdes, tú sabes que las cosas son así
el tiempo no retrocede y es ahora, tan ahora, siempre ahora
25 febrero 2008
22 febrero 2008
[tutoría]
sometido al chantaje emocional de los alumnos
el profesorcillo de matemáticas sensiblón
tuvo que llorar en sueños
el profesorcillo de matemáticas sensiblón
tuvo que llorar en sueños
21 febrero 2008
[un segundo]
piensas que vas a caerte por el profundísimo abismo
te abrazas al miedo miras atrás te tiemblan las piernas
pero no es nada no duele no hay vértigo sólo hay calma
y te dejas llevar te sueltas te lanzas y ya vuelas
te abrazas al miedo miras atrás te tiemblan las piernas
pero no es nada no duele no hay vértigo sólo hay calma
y te dejas llevar te sueltas te lanzas y ya vuelas
20 febrero 2008
18 febrero 2008
14 febrero 2008
06 febrero 2008
[personalia 2008]
Mi nombre completo es Avinguda Catalunya 13, 1º B. A mí y a toda mi familia, un edificio de cinco plantas con dos pisos por planta, nos contruyeron hace ya 56 años. Aún así, no somos de ésos que ya con esa edad empiezan con aluminosis, desprendimientos y problemas estructurales del estilo: hace cosa de cinco años hubo una restauración integral que nos dejó a todos como nuevos.
Hoy, 25 de enero de 2008, salgo a la calle. Agarro mis paredes, mis tabiques y mi suelo parket, y salgo a la calle. Es costumbre en nuestra tradición el hacerlo de vez en cuando, a veces más a menudo, a veces menos. Esta vez he tenido suerte, pues a cuatro manzanas de dónde resido voy a encontrar exactamente lo que estoy buscando.
Cuando llego, encuentro una larga y consistente cola en la entrada. Espero con paciencia. Hemos venido muchos, y todos hemos venido a lo mismo. Cuando es mi turno, el vigilante, un viejo caserón rústico de simple apodo Mas Molla, me pide la identificación. Lo normal es que con dar el nombre completo baste, aunque a veces hay que especificar la localidad, por eso de que hay calles que coinciden en varias ciudades, y pueblos.
Una vez dentro, echo un rápido vistazo. La feria ha sido montada dentro de un viejo pabellón de baloncesto, y el aspecto del ambiente es igual al de un salón del automóvil, o de muebles, o de empresas. Una infinidad de stands llenan el espacio y un gran cartel luminoso preside el recinto colgando por encima de todo el evento. En grandes letras puede leerse: “Personalia 2008. Encuentre su persona ideal ”.
El espacio está dividido en zonas que se corresponden con las características de los productos. Hay sección de hombres, de mujeres, hay divisiones por la edad, el poder adquisitivo, la raza, las tendencias sexuales… y los azafatos, la mayoría esbeltos chalets de urbanización o imponentes apartamentos de playa, enseñan a los visitantes las personas de que disponen, a veces presentes en el interior mismo del stand, a veces recogidos en fotografías dentro de extensos catálogos.
Hay ofertas tanto de personas individuales como de grupos, bien en familias, en parejas, amigos, compañeros de piso, de trabajo, estudiantes... Como siempre he sido sensible al exceso de ruido humano y sus corrientes energéticas rechazo este tipo de packs y me decanto por echar un vistazo a las ofertas de una sola persona.
Tal vez por afinidad con la distribución geométrica de mi arquitectura, o tal vez por la manera en que recibo la luz a diario, decido dirigirme a la sección de mujeres. Ahí, una de las azafatas, una ostentosa casa modernísima de nombre Paseo Marítimo 3, capta mi disponibilidad y me enseña varias mujeres.
Me enseña solteras, casadas, divorciadas, viudas, jóvenes, ancianas, y aunque todas parecen tener algo que las hace especiales, el miedo a equivocarme hace que desconfíe de todas sus aparentes cualidades.
Sin embargo en cierto momento dejo de prestar atención a sus catálogos y no puedo ignorar una presencia humana en un par de stands a mi izquierda. Nadie parece haberse fijado, pero cuándo yo lo hago, siento cómo mis persianas vibran levemente, mi suelo se ondea en finas rayas, y mis paredes se hinchan como inspirando con fuerza. Pienso, emociones como ésta sólo suceden muy pocas veces en la vida de un modesto piso casi céntrico como yo, así que sin pensarlo, me dirijo hacia ella.
Se llama Julia: le gusta ponerse en el café con leche una cucharada de miel, y va en bicicleta. En el momento en que la dejo entrar en mí por eso de probármela antes de dejarme llevar por demasiada impulsividad, puedo sentir como mi puerta sonríe con firmeza, mis techos asienten nerviosos, y mis ventanas brillan como cristales iluminados.
No me quedan pues dudas. Firmo los papeles. Me llevo a Julia. Paseo Marítimo 3 me estrecha la mano, y Julia y yo salimos al exterior. Mientras lo hacemos, ella me cuenta sobre los muebles que va a comprar, y yo le explico cómo son nuestros vecinos. Afuera, el sol se inclina invitando al suave recogimiento, y el ruido de los coches parece otra nube de las del cielo.
Hoy, 25 de enero de 2008, salgo a la calle. Agarro mis paredes, mis tabiques y mi suelo parket, y salgo a la calle. Es costumbre en nuestra tradición el hacerlo de vez en cuando, a veces más a menudo, a veces menos. Esta vez he tenido suerte, pues a cuatro manzanas de dónde resido voy a encontrar exactamente lo que estoy buscando.
Cuando llego, encuentro una larga y consistente cola en la entrada. Espero con paciencia. Hemos venido muchos, y todos hemos venido a lo mismo. Cuando es mi turno, el vigilante, un viejo caserón rústico de simple apodo Mas Molla, me pide la identificación. Lo normal es que con dar el nombre completo baste, aunque a veces hay que especificar la localidad, por eso de que hay calles que coinciden en varias ciudades, y pueblos.
Una vez dentro, echo un rápido vistazo. La feria ha sido montada dentro de un viejo pabellón de baloncesto, y el aspecto del ambiente es igual al de un salón del automóvil, o de muebles, o de empresas. Una infinidad de stands llenan el espacio y un gran cartel luminoso preside el recinto colgando por encima de todo el evento. En grandes letras puede leerse: “Personalia 2008. Encuentre su persona ideal ”.
El espacio está dividido en zonas que se corresponden con las características de los productos. Hay sección de hombres, de mujeres, hay divisiones por la edad, el poder adquisitivo, la raza, las tendencias sexuales… y los azafatos, la mayoría esbeltos chalets de urbanización o imponentes apartamentos de playa, enseñan a los visitantes las personas de que disponen, a veces presentes en el interior mismo del stand, a veces recogidos en fotografías dentro de extensos catálogos.
Hay ofertas tanto de personas individuales como de grupos, bien en familias, en parejas, amigos, compañeros de piso, de trabajo, estudiantes... Como siempre he sido sensible al exceso de ruido humano y sus corrientes energéticas rechazo este tipo de packs y me decanto por echar un vistazo a las ofertas de una sola persona.
Tal vez por afinidad con la distribución geométrica de mi arquitectura, o tal vez por la manera en que recibo la luz a diario, decido dirigirme a la sección de mujeres. Ahí, una de las azafatas, una ostentosa casa modernísima de nombre Paseo Marítimo 3, capta mi disponibilidad y me enseña varias mujeres.
Me enseña solteras, casadas, divorciadas, viudas, jóvenes, ancianas, y aunque todas parecen tener algo que las hace especiales, el miedo a equivocarme hace que desconfíe de todas sus aparentes cualidades.
Sin embargo en cierto momento dejo de prestar atención a sus catálogos y no puedo ignorar una presencia humana en un par de stands a mi izquierda. Nadie parece haberse fijado, pero cuándo yo lo hago, siento cómo mis persianas vibran levemente, mi suelo se ondea en finas rayas, y mis paredes se hinchan como inspirando con fuerza. Pienso, emociones como ésta sólo suceden muy pocas veces en la vida de un modesto piso casi céntrico como yo, así que sin pensarlo, me dirijo hacia ella.
Se llama Julia: le gusta ponerse en el café con leche una cucharada de miel, y va en bicicleta. En el momento en que la dejo entrar en mí por eso de probármela antes de dejarme llevar por demasiada impulsividad, puedo sentir como mi puerta sonríe con firmeza, mis techos asienten nerviosos, y mis ventanas brillan como cristales iluminados.
No me quedan pues dudas. Firmo los papeles. Me llevo a Julia. Paseo Marítimo 3 me estrecha la mano, y Julia y yo salimos al exterior. Mientras lo hacemos, ella me cuenta sobre los muebles que va a comprar, y yo le explico cómo son nuestros vecinos. Afuera, el sol se inclina invitando al suave recogimiento, y el ruido de los coches parece otra nube de las del cielo.
[alegato en defensa propia]
Desde hace unas semanas, he ido experimentando una evolución singular en la relación con mis amigos. Me explico. Hace poco me he mudado a un piso nuevo. Sucede que todas las visitas que recibo intentan hacerme sentir descontento con el lugar donde vivo. Pero donde todos insisten en encontrar defectos yo sólo hayo virtudes. Y de ahí nace el conflicto.
Pongo algunos ejemplos.
Me dicen, fíjate, la puerta ni siquiera puede abrirse, por eso es corrediza.
Yo siempre les respondo que tanto el verbo abrir, como su antisimétrico cerrar, siempre me parecieron demasiado paradójicos como para tenerse en cuenta. Pero sin apenas escucharme, una vez entran en mi cubículo privado, se horrorizan por el metro y medio de altura del techo. Les digo que en lugar de desgastarla, opino que esta circunstancia fortalece mi espalda. Pero sus rostros ya han iniciado un abanico de muecas reprobatorias, que gruñen, ¿y dónde está la cocina? Les señalo la estantería roja que uso para colocar el camping gas y los tres utensilios de cocina con que me basto, pero para cuando agrego que su mantenimiento me supone sólo el uno coma quince por ciento de mis ingresos, las venas de sus ojos ya han empezado a sangrar levemente, como inundadas de una ira cuyo origen no alcanzo a entender.
A partir de entonces, ya sin capacidad para percibir otra cosa que su diabólica lista de imperfecciones, van descargando a discreción sus vehementes ataques.
Cómo puede ser que el lavabo esté en el espacio que queda por debajo de la litera.
No veo inconveniente en convivir con mis propios olores.
Pero si sólo te cabe la mitad del cuerpo en la cama.
Los días pares duermo torso, brazos y cabeza, y los días impares zona lumbar, piernas y pies.
No hay ventanas.
Si necesito contactar con el espacio exterior, salgo a la calle.
Pero si ni siquiera cabemos aquí los dos.
Ahí, suelo reprimir la sinceridad de decirles que encuentro terrible el momento de echar a tus invitados de casa, pero a causa de mi inquietante silencio, crecidos en el afán de victoria en su absurda batalla, ya listos para clavarme su estoque final, rebosantes de crueldad, triunfales, me preguntan por el precio del alquiler.
Cuando se lo comunico, siempre, de forma infalible en cada uno de los casos hasta ahora sucedidos, se marchan indignados, cabreados, como insultados, con actitud decepcionada primero, ofendida después y despectiva al final, balbuceando y gritando agresivas frases acompañadas de golpes, injurias, amenazas, empujándome algunos, escupiéndome otros y propinándome algún puñetazo o alguna patada los más atrevidos, para por fin abandonar mi hogar intentando en vano dar un portazo con la puerta corrediza.
Cuando se marchan, un repentino y cálido silencio me abraza, y de nuevo en la intimidad de mis pensamientos, me repito con firmeza que ha llegado el momento de encontrar nuevos amigos.
Pongo algunos ejemplos.
Me dicen, fíjate, la puerta ni siquiera puede abrirse, por eso es corrediza.
Yo siempre les respondo que tanto el verbo abrir, como su antisimétrico cerrar, siempre me parecieron demasiado paradójicos como para tenerse en cuenta. Pero sin apenas escucharme, una vez entran en mi cubículo privado, se horrorizan por el metro y medio de altura del techo. Les digo que en lugar de desgastarla, opino que esta circunstancia fortalece mi espalda. Pero sus rostros ya han iniciado un abanico de muecas reprobatorias, que gruñen, ¿y dónde está la cocina? Les señalo la estantería roja que uso para colocar el camping gas y los tres utensilios de cocina con que me basto, pero para cuando agrego que su mantenimiento me supone sólo el uno coma quince por ciento de mis ingresos, las venas de sus ojos ya han empezado a sangrar levemente, como inundadas de una ira cuyo origen no alcanzo a entender.
A partir de entonces, ya sin capacidad para percibir otra cosa que su diabólica lista de imperfecciones, van descargando a discreción sus vehementes ataques.
Cómo puede ser que el lavabo esté en el espacio que queda por debajo de la litera.
No veo inconveniente en convivir con mis propios olores.
Pero si sólo te cabe la mitad del cuerpo en la cama.
Los días pares duermo torso, brazos y cabeza, y los días impares zona lumbar, piernas y pies.
No hay ventanas.
Si necesito contactar con el espacio exterior, salgo a la calle.
Pero si ni siquiera cabemos aquí los dos.
Ahí, suelo reprimir la sinceridad de decirles que encuentro terrible el momento de echar a tus invitados de casa, pero a causa de mi inquietante silencio, crecidos en el afán de victoria en su absurda batalla, ya listos para clavarme su estoque final, rebosantes de crueldad, triunfales, me preguntan por el precio del alquiler.
Cuando se lo comunico, siempre, de forma infalible en cada uno de los casos hasta ahora sucedidos, se marchan indignados, cabreados, como insultados, con actitud decepcionada primero, ofendida después y despectiva al final, balbuceando y gritando agresivas frases acompañadas de golpes, injurias, amenazas, empujándome algunos, escupiéndome otros y propinándome algún puñetazo o alguna patada los más atrevidos, para por fin abandonar mi hogar intentando en vano dar un portazo con la puerta corrediza.
Cuando se marchan, un repentino y cálido silencio me abraza, y de nuevo en la intimidad de mis pensamientos, me repito con firmeza que ha llegado el momento de encontrar nuevos amigos.
[una dirección fija]
En una dirección fija -por ejemplo, una autopista-, leves curvas, ciento veinte por hora y mucha niebla. Muchísima niebla. Les da la sensación de estar a punto de atravesar el infinito, de alcanzar el más allá, de tocar el punto donde se cruzan el aquí con el ahora, el lugar que no existe, el puro limbo, el mismo big bang, el enclave mágico que hace posible la definición de límite. Les parece que van a empezar a levitar, a tomar altura hasta divisar lo indivisable y lo indivisible, que van a desaparecer entre humaredas hechas de polvos de mil dioses y mil diosas, entre la red de dígitos que numera el tiempo. Creen que al otro lado está el paraíso, el infierno y todos los espacios; sueñan despiertos un sueño de motas de cielo, de gotas de agua que hierve suspendida ante sus ojos; imaginan entender de qué está hecho todo, no se dicen nada, sólo miran y sólo ven y sólo sienten y también intuyen y concluyen que es real, que es así, que no podía ser de otra manera: que esa niebla está ahí y ha estado ahí esperándoles como el amor espera a sus víctimas; y no se dicen nada, sólo respiran y sus corazones laten y sus sangres circulan lentas, exhaustivas y precisas: enfrente suyo el mar remoto tan cercano, el aire hecho partícula y la partícula hecha trizas convertida en tumulto, en caos, en ritmo ingrávido; y ellos a punto de cruzarla, ya casi dentro, convertidos en calor, en frío, en carencia de temperatura: y ven, no se tocan, no se miran pero ven, y ya están ahí: trascienden y transmutan, son dueños del aire, hijos y padres del mundo, de la tierra; tan privilegiados, tan afortunados y conscientes, tan serenos que no se dicen nada mientras cruzan la niebla, mientras están en la niebla, mientras son la niebla durante esos pocos segundos -porción infinitésima del gran discurso cósmico, longitud exacta de momento y lugar, de futuro y presente y de presente y pasado-; y siguen sin decirse nada, no se dicen nada: para qué iban a decirse nada si ya no hay niebla, si ya toman otra curva leve, en la autopista, a ciento veinte por hora, en una dirección fija.
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