18 agosto 2013

Un sábado cualquiera

Dani llegaba siempre puntual, a la una y media, con sus andares de hermano, con su sonrisa pacífica. Para entonces Leo (nuestro padre) ya se había aburrido un buen rato en la televisión: el programa de desastres naturales, las tertulias de política, la exasperante publicidad. Marga, todavía en la cocina, saldría un momento a saludar, a captar las primeras impresiones, la infalible diagnosis de una madre que lo presiente todo. Después entraría yo, un pelín tarde, ya habéis abierto una de patatas, pues abro otra, quién quiere una cerveza, está bien, fumemos. Y entonces el fluir de la conversación, el trabajo de Dani, las cosas de Cambrils, el rugby, el padre echándose unas risas con sus muchachos. Y siempre a las dos, irremediablemente puntuales, la mesa ya estaba lista, qué hay para comer, va a estar riquísimo, acércame el plato, pásame el vino. Así eran los sábados: mientras comíamos y hablábamos, interrumpiéndonos los unos a los otros, deshilachando temas de aquí para allá sin destino claro, tejíamos la lenta red que envuelve eso que llaman familia, el pequeño y enorme universo que los años sedimentan. Después del segundo plato venía el postre, y entonces el juego de ver quién tenía el privilegio de repasar el poco helado incrustado en el envoltorio. El ritual se completaría entonces con la llegada de la siesta, una tradición irrenunciable, una dispersión ordenada y mecánica: yo voy al sofá, yo a la cama grande, yo me voy abajo. Y algunas veces la reunión terminaba aquí; el café de la tarde ya era como de otro momento, tenía otro ritmo, era ya solo un corto preludio de la continuación de nuestras vidas, del siguiente segmento de tiempo sin vernos hasta el próximo sábado. Pero en ocasiones, tal vez porque fuera verano, tal vez porque no había nada más que hacer, el café se tomaba en la terraza, y entonces descubríamos el reverso de la fotografía, las palabras que no cabían en el primer debate, una tranquilidad conocida, la vaga fantasía de volver a estar juntos los cuatro, solo los cuatro. Aquella tarde de agosto, aunque sonara un teléfono, aunque se disolviera definitivamente la reunión, yo diría Dani no te vayas, estamos tan bien aquí, y él asentiría con expresión sincera, se marchaba pero comprendía, y ese minúsculo lapso de constatación de armonía haría tan feliz a nuestra madre, les haría tan felices a los dos, que no lo podrían evitar confesar después. Sintieron como si todos los círculos se cerrasen en un mismo punto, como si toda la aventura de vivir y formar una familia alcanzase un punto de esplendor momentáneo, una iluminación breve pero sublime, una ráfaga de amor que no les iba a abandonar hasta la próxima reunión, hasta la próxima comida, hasta el siguiente sábado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"como si todos los círculos se cerrasen en un mismo punto, como si toda la aventura de vivir y formar una familia alcanzase un punto de esplendor momentáneo, una iluminación breve pero sublime"

Qué difícil describir momentos así,
y que bien lo has conseguido.
He podido sentir esa sensación de plenitud divino-cotidiana.

BELLO.
SÍ SEÑOR!!!

Dafne

Sandra Roca dijo...

lo he sentido muy cerca.
he tenido la suerte de entrometerme en alguno de vuestros sabados y un poquito en vuestra vida.
maravillosa familia! Os quiero!